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Jardín de Invierno de Valerie Fritsch

Tengo varias listas de libros, algunas son pequeños cuadernos de bolsillos, otros son listas de Word, de Evernote, y alguna que otra forma alternativa de listados. Todas ellas guardan los nombres de los libros y sus autores que querría leer si fuera inmortal. Los varios sistemas y las interminables listas de años producen un desorden al que, inevitablemente, tengo cariño y no remedio. En esas listas estaba Jardín de Invierno de Valerie Fritsch, cuyo seductor título y portada de un bosque cubierto de nieve, me atrapó. Lo quería leer en invierno, como si su título desvelarse la época del año idónea para comprenderlo y sentirlo mejor. Sin embargo, este invierno pasó, y el título quedó dormido, quizá somnoliento hasta esta primavera que tantos presagios invernales ha dado.

Sin embargo, por cuestiones de la suerte o bien de una feliz coincidencia, hace unas semanas Irene me trajo el libro y sin importar estación, lo empecé de inmediato.

Su autora, Valerie Fritsch (1989) es una joven austriaca que aúna una formación oficial en fotografía junto con la literaria, labrada de manera autodidacta. Es miembro de un colectivo literario en Graz, su ciudad natal, denominado die plattform. Sus inicios como escritora comenzaron con relatos cortos hasta la publicación de sus primeros trabajos como Die VerkörperungEN (2010) entre otros títulos aún no traducidos al castellano. No sería hasta el 2015, cuando su reconocimiento se hizo internacional con la novela que hoy nos ocupa, Winter Garten (Suhrkamp Verlag Berlin, 2015) o, lo que es lo mismo, Jardín de Invierno (Alianza Editorial, 2016).

En Jardín de Invierno nos adentramos en un lugar impreciso y un tiempo borroso. Anton Invierno, el protagonista, fue un chico especial en su infancia y vivió en un lugar idílico a las afueras de una gran ciudad costera, en la que la familia, la naturaleza y el lento transcurrir de los días cobijaron y mecieron al niño que fue. El tiempo pasó y se desgajó, así, de esa niñez pasamos a conocer a un Anton adulto que vive en un ático de la gran ciudad criando aves. El telón de fondo es el fin del mundo, un apocalipsis del que todos saben y hacen frente de un modo u otro. En este paisaje gris en el que Antón de desenvuelve, un día se encuentra a una mujer pelirroja, Frederike, que le sigue sin mediar palabra. Se enamoran y juntos viven lo que le queda al mundo por existir.

El jardín parecía una alegoría de lo bueno, de lo malo, y de toda suerte de secretos; los viejos se sientan bajo los magnolios, y los niños se llevaban los cálices de las lilas a los oídos y escuchaban el interior como si fueran un magnetofón que llamaba a grandes aventuras”.

La infancia de Anton se desarrolla en el Jardín. Un lugar que parece perdido en los paisajes alejados de la civilización moderna durante el siglo XIX, o en las aldeas idílicas que creemos ver en la época medieval, aunque podría existir también como una forma de eco-aldea en un presente o en un futuro cercano. Es como si nos moviéramos en un escenario sin tiempo, ya que las labores que se desarrollan son artesanas y conectadas a las formas en las que las hacían los antecesores de los habitantes de la colonia. La vida se desarrolla bajo los ritmos marcados por la naturaleza, el paso de las estaciones y el crecimiento de los seres vivos. La infancia y la vejez se dan la mano en un escenario repleto de miel, saucos, huertos y canciones antiguas. Ese jardín parece casi un idilio y un cúmulo de posibilidades, ya que “Todo cabía en ese jardín. Nada era entonces imposible. El cielo estaba tan lejos como la luna”.

todas las cosas crecían y morían unas al lado de las otras, en aquel jardín donde los hombres movían sus asientos según la posición del sol, igual que las plantas, y dirigían sus rostros a la luz, para luego dejar caer las cabezas cansadas, cuando se hacía oscuro.”

La vida y la muerte, en el jardín y en la mente infantil de Antón, aparecen entrelazadas siendo una parte más del tapiz que compone la vida. Todo aparece marcado por los ritmos naturales: las plantas del huerto se secan y mueren para ser sustituidas por otras cosechas, los animales cierran sus círculos naturales. Esto fomenta esa visión que nada es eterno salvo el propio girar de la rueca de la vida. No obstante, Antón, en ese marco, fue algo particular, ya que desde muy joven desarrolló un gusto por aquello que estaba maltrecho, que es imperfecto y a la muerte en sí.

De niño, se espera mucho y se tiene mucha expectación. El niño posee ese tiempo indecible para contemplar el mundo. Va a tientas por el mundo y despierta a los objetos. Nunca más sabe tanto, ni se promete tanto de ellos. Nunca más mira tan modestamente a todo lo que está presente a su alrededor. Los globos oculares son globos terráqueos donde opera una fuerza gravitatoria que atrae hacia ellos todas las imágenes del éter”.

La infancia aparece como protagonista de esa colonia, sobre todo al seguir a Anton en el relato. La autora consigue transmitirnos esa novedad, ese mundo nuevo que los niños apenas comienzan a vislumbrar y asisten al espectáculo asombroso de lo que se desarrolla, sin la pesadumbre y la melancolía que atenazan a veces a los mayores.

En un punto dado, Fritsch nos lleva a otro lugar muy diferente en ese lugar donde los aromas dulzones de las flores en primavera, donde los ancianos preparan ungüentos o los niños corretean descalzos. Ese lugar es la ciudad, una ciudad apocalíptica en la que el fin del mundo es una certeza y en la que Antón adulto sobrevive criando aves en un ático. No se sabe bien los motivos, no es una distopía que poco importa las causas, sino que un telón de fondo donde se ven las reacciones del ser humano ante la devastación y ante el fin. Entre suicidios, abandono, desesperación, excesos, Anton conoce a Frederike, una muchacha pelirroja. Ambos se enamoran y comienzan a entremezclarse y conocerse. Ambos tienen algo en común en ese pasaje gris, el no cesar su labor, una labor esperanzadora, aunque el fin se acerca. Él continúa criando y cuidando a sus aves. Ella, aunque antigua marine del ejército, trabaja en un hospital materno. Lo que nos conduce a pensar que, entre todas las alternativas posibles, ellos deciden continuar con la esperanza y ayudar a que las cosas crezcan, aliarse con la vida lo máximo posible.  Y, sobre todo, enamorarse, que les da sentido y orienta.

“-Las madres no querían creer que el destino no se puede evitar, está día y noche junto a las camas de sus niños y vigilan que su corazón no deje de latir.

-Entonces, cuidas niños.

-Igual que tú cuidas aves. Los recién nacidos crecen cada día un poco, justo como debe ser y ha sido siempre. Les importa una mierda la ruina y el tiempo que se ha vuelto loco. Todos ellos quieren hacerse grandes para poder sostenerse en el mundo”.

Fotografía de Paulo Nozolino, que nos recuerdan a ese ambiente gris de la ciudad y los paseos solitarios de Anton por ella.

Suceden más cosas en la narración y en la trama, se va recomponiendo piezas del pasado de Anton y de la vida en el Jardín, que no mencionaré porque creo que sería estropear parte del libro. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar el regreso final al Jardín, que es un lugar salvaje, ya no está domesticado por las cálidas manos que labraron en el pasado. Los edificios y los recuerdos son como un testigo de lo que fue, un fantasma. Los recuerdos pesan y duelen y poco a poco cicatrizan, ya que no todo lo vivido en la infancia y en la juventud es cálido y dulce.  Allí se refugia Anton, aunque acompañado, recomponiendo las piezas de su pasado y su presente, con los recursos de la naturaleza y la esperanza propia del que ve el espectáculo de la vida cada día y se afana en ella. No nos confundamos, no es positivo ni alegre, es una supervivencia. No obstante, es importante ver ese regreso de nuevo al lugar de la infancia, que está íntimamente ligado a la naturaleza, para esperar el fin del mundo.

Finalmente estalla un sueño, o ¿quizá un presagio?

Conclusión

Personalmente, me ha gustado la manera de escribirlo. La prosa de la autora me ha parecido como un torrente, un arroyo que cae por una pendiente en el deshielo, que brota, ruge y sacude. A veces, la prosa poética de Fritsch es suave y delicada, otras veces es cruda y amarga. En conjunto es una prosa bella y descarnada. Admito que he caído ante algunas frases como esta: “Las regaderas de hierro rebosaba agua y la tierra exhalaba un vaho como de té caliente”. Entre otras muchas, claro, es un libro para subrayar y paladear.

Otro punto interesante es la figura de la narradora omnisciente, que, con un tono poético, captura lo que sucede juntos con las emociones y las sensaciones, y es capaz de trasmitirlas. También me parece la figura de narrador como algo divino, porque da la sensación que nos cuenta el relato habiendo ocurrido el fin del mundo, habiendo la acción pasado. Al cerrar el libro aún creemos que es un sueño, que estamos suspendidos en algo que no es precisamente la tierra ni algo sólido.

Con todo esto, estoy deseoso de seguir leyendo los futuros libros de la autora y su particularidad sensibilidad.

Está imagen está relacionada a este libro, al menos por lo que veo por internet. Los negros pájaros volando sobre un fondo gris, parece que nos conducen a una libertad. O una huida. Sea como fuera, es de Paulo Nozolino, Lisboa, 1996.

Titulo original: Winter Garten  (2015)

Titulo en castellano: Jardín de Invierno(2016).

Autora: Valerie Fritsch

Editorial: Alianza Literaria

Año publicación: 2016.

Traducción: Eduardo Gil Bera.

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