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(Reseña) El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono

Para que un personaje manifieste sus más excepcionales cualidades, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación a lo largo de muchos años. Si dicha actuación está desprovista de todo egoísmo, si obedece a una generosidad sin par, si es del todo cierto que no abriga un afán de recompensa y que, por añadidura, ha dejado una huella patente en la faz de la tierra, entonces no cabe error alguno.”

Así comienza El hombre que plantaba árboles (1953) del escritor Jean Giono que es, posiblemente, uno de sus títulos más afamados y reconocidos del escritor francés. Este cuentecito es una especie de semilla que hará, con suerte, crecer en nosotros la certeza de la existencia de milagros.

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Jean Giono

Esta es la historia de Elzéard Bouffier, un pastor meticuloso y entregado a una labor a la que termina consagrando su vida: plantar árboles para devolver la vida a la tierra. Era una de sus acciones diarias, él plantaba árboles, mientras tanto los imperios caían durante la I Guerra Mundial y los tanques nazis se esparcían por Europa. De esta forma, consiguió que una zona desértica de la Provenza en que la tierra desfallecía junto a los pocos pobladores de una aldea que parecían estaban secos y atenazados por el hambre espiritual y la sed moral, se fuera revitalizando poco a poco hasta convertirse en un edén en todos los aspectos.

Es curioso que, en un principio, la génesis de esta obra no fuera en sí un impulso del autor, Jean Giono, sino que se cristalizó por el encargo de una editorial norteamericana que pedía relatos en los que los autores contasen quiénes eran aquellos que más les habían influenciado. Giono, siempre preocupado por temas metafísicos y morales, así como apegado a la tierra, eligió territorios conocidos para su relato, y a un protagonista que supusiera en sí mismo una enseñanza y una fábula a los demás, así como alerta sobre lo que es importante. Tras esto, la editorial rechazó el relato porque era ficticio, sin embargo, Giono lo publicó por su cuenta convencido del valor que llegaría a tener.

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Las manos del escritor * 

La historia de Elzéard se leyó con fruición e incluso mucha gente pensaba que la historia era real, que el hombre que plantaba árboles había existido y que Giono lo había conocido. Esto puede ser, en un primer momento, porque la historia se relata en primera persona y parece que el escritor francés es aquel narrador que se encuentra con el pastor y que le sigue visitando década tras década. Pero yendo un paso más lejos, creo que fue la necesidad de creer en los milagros de la bondad y la capacidad regenerativa del ser humano, la que imperó a la hora de que ese cuento trascendiera y se creyera como relato real de algo que había ocurrido. Al fin y al cabo, el hombre que plantaba árboles suponía:

recordar que todo aquello era fruto de las manos y el alma de una misma persona desprovista de recursos técnicos, se comprendía que los hombres podían ser tan efectivos como Dios en ámbitos distintos a la destrucción”.

Recordamos que se publicó en la década de los cincuenta, y todavía la destrucción de la Segunda Guerra Mundial se dejaban sentir a pesar de los planes de recuperación económica. Además, a pesar de las ruinas todavía presentes de esta guerra, se avecinaba una siguiente como fue la loca carrera armamentística que trajo la Guerra Fría. El hombre destruía, pero este libro mostraba justo lo contrario; que el hombre- o mujer- con su tenacidad puede llevar a obras increíbles y bellas, no solo a declarar la guerra o sembrar sufrimiento o padecerlo.

La reconstrucción que vio posible Elzéard fue, como ya se ha mencionado, la de un bosque. De aquí hay varias ideas interesantes. Por un lado, la deforestación y degradación de los bosques de las que Giono se hizo eco, por lo que también el libro sirve como una llamada de atención. Por otro lado, me es muy seductora la idea de que la naturaleza y el ser humano se afectan y se encuentran en una relación íntima difícilmente separable. De manera sencilla y prácticamente encantadora como buen cuento que es, se observan la relaciones entre los árboles y los recursos hídricos, así como las relaciones entre los bosques y la menor erosión del terreno y el aumento de biodiversidad con ellos. La riqueza natural se relaciona con la riqueza y la bonanza de los miembros que allí la habitan. Aunque realmente lo que llama la atención es que lo hace de manera totalmente desinteresada, simplemente por el hecho de llevar la vida a la tierra seca.

“Los robles de 1910 contaban entonces diez años de edad y ya eran más altos que nosotros. Un espectáculo impresionante. Me quedé literalmente sin habla y como tampoco él decía nada, pasamos todo el día caminando en silencio a través del bosque”.         

                                        

Por otro lado, y como una buena fábula que es, va un poco más allá. Hay algo místico e inveterado en la plantación, en el contacto con la tierra; en las cosas que crecen lentamente. Son metáforas predilectas para hablar de otro tipo de cultivos menos aprehensibles y en las coordenadas en lo metafísico y en lo moral. Nos recuerda, así de un plumazo, a esas judías de H. D. Thoreau en Walden, que plantaba y cuidaba y que le recordaban que quería plantar otra serie de semillas como amistad, bondad, en sí mismo, y verlas crecer. Así, del mismo modo en que Elzéard plantaba las semillas de hayas, robles y abedules con gran sabiduría y conocimiento, también cultiva paralelamente la bondad sin límites hacia los demás, la regeneración de la vida, la humildad. Y finalmente, en última instancia, consiguió la semilla más preciada y supo bien cuidarla: la felicidad.

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En algún lugar de la costa cantábrica. 

En sí, otro de los temas es precisamente la búsqueda de la felicidad, el santo grial. Aquí se da una respuesta de una de esas posibles vías para su consecución. Una felicidad calmada, sosegada y apegada al silencio y a los actos heroicos anónimos. Una felicidad, en última instancia, relacionada con lo otro; con aquello que se desdibuja fuera de los trazos que nos delimitan como individuos y que es todo lo demás: personas, los animales, los bosques, el viento…

Esta pequeña fábula nos recuerda inevitablemente a otra escrita por Paul Gallico, The Snow Goose (1941). Su protagonista, Philip Rhayader tiene una esencia similar, aunque diferente, a la de este pastor que le llevamos siguiendo la pista durante estas líneas. Rhayader no es un pastor, sino un artista que vive en aislado cuidando aves migratorias, su aspecto grotesco impide que los demás se acerquen a él, sin embargo, su acercamiento a la vida y a los seres es impecable y bondadosa. Un cuentecito bastante profundo que no puedo más que recomendar.

En definitiva, El hombre que plantaba árboles es una fábula que se resiste a envejecer, en parte por la actualidad al tener un hilo conductor con el presente. Me recuerda la acción del pastor provenzal a la que llevan otros grupos de ciudadanos y agrupaciones en la actualidad con el fin de reforestar o paliar la degradación forestal, así encontramos esta organización o concretamente en pleno Madrid el Huerto del Retiro donde, muy a menudo, voluntarios dan plantones forestales.

El éxito, en parte, del librito es su falta de ambición al no imperar grandilocuencia literaria, sino que es una historia humilde para paladear durante días. Sin más, una gran fábula. Particularmente me ha quedado corto en algunos aspectos, ya que hubiera deseado más profundidad, pero es más lo que se indica que lo que dice, en definitiva. Y hay que desgranar sus pocas páginas para este fin.

PD: la historia de Giono no solo se lee sino también es arte en movimiento. Se trata de un corto dirigido por Frédéric Back en 1987 que ganó el Oscar al mejor cortometraje animado, entre otros galardones.

Titulo original: L’homme qui plantait des arbres (1951)

Titulo en castellano: El hombre que plantaba árboles

Autor: Jean Giono

Editorial: El Barquero

Traducción: Borja Folch

Ilustraciones: Michael McCurdy.

Año publicación: 1985

*Fotografía de las manos de Jean Giono: http://cpgewatteau.unblog.fr/2009/11/11/jean-giono-les-cheminements-du-roman/.

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