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Las lecturas de André Kertész

En Practicando Cultura una de las cosas que hacemos con mayor frecuencia suele ser comentaros exposiciones, hacer crónicas de ellas. De estas, intentamos comprender por qué han sido llevadas a cabo y los intereses que se tienen por presentar al público esas muestras. En el caso de los libros, la misma preocupación es palpable. En ocasiones, algunas de las respuestas se pueden encontrar en las introducciones o comentarios, notas bibliográficas, agradecimientos, etc. El libro que propongo para esta ocasión y averiguar sus porqués es Leer de André Kertész.

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La justificación fundamental del porqué de este libro puede deberse hasta a tres puntos diferentes que veremos a lo largo de las siguientes líneas. Antes de pasar a ellos, apunto datos relevantes sobre el libro que nos conducen a una de las primeras razones. Estamos ante un libro que se editó por primera vez en 1971 lo que significa que el artista pudo intervenir en las decisiones de orden, temáticas del libro, así como incluir sus comentarios y sugerencias. Se publicó en esa misma fecha en diferentes editoriales. En el mundo anglófono fue editado por Grossman Publishers y en el francófono el sello editorial Chêne lo sacó al mercado. En España, hasta el año 2016 se comercializaron ejemplares procedentes, principalmente, de la editorial francesa, al no existir el ejemplar español. Para solucionar este vacío, las editoriales Periférica y Errata Naturae se han unido para sacarlo a la luz. Algunos de estos datos están presentes en la nota a la edición española que explican el vacío de la obra de Kertész en España.

Otra de las posibles razones por las que surge este libro es el carácter de la obra, que puede ser interpretada como un fotolibro, de pequeño formato, en comparación con otros, pero que se movería dentro de esa clasificación. La Fábrica es una de las principales editoriales de fotolibros en nuestro país, por lo que esta edición que viene de la mano sellos editoriales diferentes, podría significar el comienzo de un camino hacia ediciones de libros cuya base sean las imágenes. André Kertész, asimismo, obtiene cada vez un mayor reconocimiento en nuestro país en círculos más amplios del fotográfico o relacionados con la cultura visual. Por lo que ver su nombre en las estanterías de las librerías se hace más corriente.

A estos justificantes también habría que sumar el contexto tecnológico en el que vivimos y, más concretamente, las diferentes formas de leer que se suman a las más comunes basadas en un libro físico. Como se apunta en un pequeño párrafo introductorio, la sensación de leer, eso que fotografía Kertész a lo largo de su libro, es la misma que sienten los editores se ha perdido. Tocar libros, pasar sus páginas, olerlos, escuchar el rasgueo de dedos buscando el párrafo favorito, siguen siendo algunas de las acciones más comunes cuando tenemos un libro entre las manos, pero, en ocasiones, las echamos de menos. Justamente es la razón por la que dos editoriales de reciente creación, aunque ya asentadas en este mercado, buscan una posible reafirmación. Volver a encontrar la razón por la que comenzaron editando una obra donde se aprecia a gente leyendo, tocando y disfrutando en cualquier situación de los libros.

De esta forma, Leer de André Kertész era uno de los libros de necesaria reedición tras 45 años sin una edición española. Esta se presenta con una alta calidad de las imágenes e impreso en el mismo formato bolsillo que en las primeras ediciones.

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Si nos centramos en el contenido de la obra, las fotografías son las protagonistas de las páginas, dejando, únicamente, las últimas páginas para las notas explicativas del contexto de las imágenes donde constan número de imagen, fecha y lugar.  Todas estas tienen diferentes temáticas que van saltando con transiciones. Algunos de los temas que van siguiendo el uno al otro pueden ser: la lectura en la infancia, leer al aire libre, espectáculos leídos, libros en mercadillos, la lectura en la vejez, librerías, leyendo desde las alturas, leer la palabra de Dios y leyendo a través de los objetos. Se tratan, pues, de temáticas sencillas, fáciles de aprehender. Estas se tratan de una selección personal, aunque muchas otras ideas sobre temas pueden ofrecer las ilustraciones.

Por otra parte, gracias a las notas finales en donde se localiza el lugar de toma de la imagen y el año, podemos apreciar diferentes y variadas localizaciones alrededor de todo el mundo, sin importar Oriente u Occidente. Igualmente, al saber dónde se encontraba Kertész tomando la fotografía también se transmiten esas sensaciones de la fotografía que son indescriptibles. Encontramos no solo gente leyendo en azoteas, sino también el sol en la cara que les llegaba o, incluso, nos ponemos en el lugar del fotógrafo y sus peripecias para obtener la luz deseada. A todo esto, por supuesto, también se puede añadir la interpretación de cada lector, la subjetividad con la que interpretamos cada uno la imagen y nos apropiamos de ella. Así se presenta la lectura del libro Leer como un ejercicio donde poner nuestros cinco sentidos pasando páginas, observando cada detalle de las imágenes, oliendo las hojas, saboreando cada objeto fotografiado y oyendo el pasar del tiempo deleitándonos con Kertész.

Para muestra de esto que vengo de describir he escogido seis fotografías que se encuentran de manera dispersa en el libro, pero que, en mi opinión, guardan entre sí un hilo conductor.

imagen 5 André Kertész, Newtown, Connecticut, October 17, 1959

El viento se cuela entre los casi transparentes visillos, cada vez que se mueven hace que el sol varíe de posición en el libro. La sobriedad del espacio ayuda a la concentración. No necesito bolígrafos o cuadernos para disfrutar de un buen texto. Eso sí, la réplica de pájaro me ayuda a ver a través de ese vaivén de la luz, el viento, las letras y, como no, los visillos.

imagen 10 André Kertész, Child reading comics on a street in New York, 1944

La contradicción de los mensajes escritos y lo que leemos es constante. Reza el papel “Paper is wanted now! Bring it at anytime!”. Como ausente a lo que replican los adultos, lo que piden los mayores, un niño lee concentrado una tira cómica. Es por todos conocidos la predilección cuando somos pequeños a sentirnos atraídos por la conjunción de imágenes y texto. – ¿Será solo una cosa de cuando somos pequeños? ¿No es el libro reseñado algo que cubre esos requisitos? -. La guerra iba dejando desiertos los comercios y la necesidad de papel para ser reutilizado era lo que pedían los mayores. Mientras tanto, los pequeños solo querían seguir viviendo.

Se presenta como si de la Vieja de Montmartre de Bruce Davidson se tratara. Misma posición, ángulos parecidos, misma ciudad, aunque parques situados en el norte y centro y un único entretenimiento: la lectura. La toma progresiva de los espacios públicos, la apertura de parques, el cierre de estos al llegar la hora, el crujir de las hojas secas, pisarlas, evitarlas y, al fin, sentarse. Todo esto constituye una delicia el hecho de leer al aire la prensa diaria, como si se tratara de airear las desdichas y tristezas mundiales.

IMagen 32 Kyoto, Japan 1968

Acostumbrada a la lectura de izquierda a derecha, toda acomodación a leer en cualquier otro orden se hace cuesta arriba, aunque, digamos la verdad, encontramos elementos que ayudan a superar esa situación. Las bibliotecas me ayudaron, me hicieron fácil acostumbrarme. Solía llevar a cabo un ritual, mis manos siempre juntas me ayudaban a seguir el orden a seguir. También otros objetos como las plumas estilográficas que parecían ser una guía a seguir de vez en cuando, en especial cuando me perdía, no solo en el papel, sino también en mis pensamientos.

imagen 48 André Kertész. Naturaleza muerta. Nueva York 1951

Ya se terminó la temporada, los últimos frutos cayeron del árbol. Ese en donde solía comenzar mis lecturas cuando aún era joven, pasaba allí las tardes, deslizando cada hoja a la par que disfrutaba de los frutos de aquel árbol. Al final de cada tarde, observaba los frutos, intentaba averiguar, y la experiencia me ayudó a ello, la maduración de los membrillos. Poco a poco fui apreciando el amarillo que se iba colando entre las letras impresas en el texto.

imagen 52- greenwich village ny 1970

Desde fechas inmemorables me gustó Hitchcock. Su capacidad de ver cada uno de los personajes. En La ventana indiscreta estuvo sublime, esa capacidad de mostrar el voyerismo, esa misma que muchos otros repitieron, incluso por fechas cercanas a la gran obra maestra. Andar entre tejados, azoteas, objetivo y cámara en mano, ampliar, acercar, alejar y, lo que es lo mejor, observar sin ser observado.

 

 

 

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