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Reseña “El nombre del mundo es bosque” de Ursula K. Le Guin

También había aprendido a gustar de los nombres que los athsianos daban a sus territorios y poblados: sonoras palabras bisílabas: Sornol, Tuntar, Eshreth, Eshen -que ahora era Centralville-, Endtor, Abtan y sobre todo Athse, que significaba Bosque, y el Mundo. De modo que tierra, terra, tellus significaba a la vez el suelo y el planeta, dos significados y uno. Pero para los athsianos el suelo, la tierra, no era el lugar a donde vuelven los muertos y el elemento del que viven los vivos: la sustancia del mundo no era la tierra sino el bosque. El hombre terráqueo era arcilla, polvo rojo. El hombre athshiano era rama y raíz. Ellos no esculpían imágenes de sí mismos en la piedra; sólo tallaban la madera…” p.92.

Así se explica el porqué del título del libro El nombre del mundo es bosque (Minotauro, 2002) de la escritora Ursula K. Le Guin. Con apenas 160 páginas, esta novelita, contiene un mundo en su interior. Y nunca mejor dicho, pues el escenario es un planeta alejado de lo que sería nuestra tierra, el planeta Athshe. Está basada en una novela corta homónima de 1972 que ganó el Premio Hugo en 1973, uno de los más prestigiosos galardones dentro de la ciencia ficción y la fantasía. A su vez, se enmarca en el Ciclo Ekumen, una serie de libros escritos por Le Guin cuyo eje es la federación (Ekumen) de mundos habitados por seres humanos y diversas variantes humanoides. En este conjunto de libros se encuentran algunos de los títulos más famosos de la autora como La Mano izquierda de la oscuridad y su celebérrimo Los Desposeídos. Además, cabe señalar que no es sólo ciencia ficción, ya que se podría considerar softt –es decir, una ciencia ficción suave -, sino que a través de esta forma literaria la autora nos habla sobre cuestiones antropológicas y sociológicas, y, sobre todo, la misma condición humana, que es lo que termina guiando sus libros.  

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Ursula K. Le Guin por Marian Wood Kolisch

 

Urusula K. Le Guin es una de las novelistas de ciencia ficción y fantasía más relevante de las últimas décadas. Se autoafirma como feminista, pero siempre aportando matices y clarificando lo que ella entiende por el feminismo en el que se enmarca. En su pensamiento hay influencia del anarquismo y el taoísmo, movimientos (si se le pueden llamar o clasificar como “movimientos”) hacia los que siente una simpatía evidente. Por otro lado, la antropología ha marcado buena parte de la manera desde la que observa el mundo y la consiguiente extrapolación al mundo de la fantasía y la ciencia ficción. Su padre fue antropólogo y, desde su infancia, obtuvo la misma sensibilidad al mirar que los antropólogos. Ella ha mostrado en numerosas ocasiones que la fantasía o la ciencia ficción no es una evasión del mundo real, sino uno de los caminos por los que acercarse a nuestro mundo al hablar de él, precisamente, propone elementos presentes en nuestra realidad y los fuerza en sus mundos para hacernos reflexionar con hondura y cierta libertad.

El nombre del mundo es Bosque tiene una vertiente principalmente ecológica y una dura crítica a la colonización y la explotación de aquello que vive y crece en la tierra, sea humanoide o vegetal. No obstante, profundiza también en los diferentes perfiles y actitudes del ser humano. Para nosotros, la novela  ha resultado ser una utopía y distopía a la par, términos contrapuestos, pero en los que después ahondaremos.

Si nos introducimos en el argumento del libro apreciamos que Athshe o Nueva Tahíti es un mundo compuesto por agua y por bosques. Bosques de la misma especie de árboles y vegetales de los que se encuentran en la tierra ya que fueron trasladados para repoblar ese planeta, con el fin, tras mucho tiempo después, de explotarlo por parte de los terrícolas. En el planeta tierra ya no queda ningún árbol y la necesidad de madera hace que se establezca una colonia de extracción en Athshe. En teoría, todo está pensado y medido para que tanto los nativos de Athshe, que trabajan de “voluntarios” como la deforestación no sea descontrolada y no se llegue a la explotación. Sin embargo, esto sucede al revés. Los nativos llamados Crichi, unas humanoides de un metro de alto con pelo verde que viven en los bosques son explotados de diversas maneras hasta que la llamada de la revolución prende a través de Selver, uno de los protagonista principales.

Hemos dicho que para nosotros es una utopía y distopía al mismo tiempo. Nos explicamos. Por un lado, la sociedad crichi es utópica antes de la llegada de los invasores. Es una sociedad matriarcal y de ancianas donde la mujer se encarga de la política y de las relaciones entre pequeñas aldeas, mientras que los hombres se encargan del mundo de los sueños y algunas otras funciones consejeras. Por otro lado, no hay una estructura centralizada de poder y en todas impera el principio de no violencia, no hay guerras, ni conflictos y los asesinatos y las agresiones son inexistentes. Aunque cada aldea tiene unas particulares y rasgos específicos, todas viven con ciertos elementos comunes y en buenas relaciones, sin caer en gobiernos o centralismos en el que se encuentren jerarquías de poder. Así mismo, estos crichis viven entres las raíces de los árboles, y en perfecta simbiosis con la naturaleza, mentalmente son bastante elevados consiguiendo controlar el sueño lúcido.

Los daños ya causados eran irremediables, pero al menos no se volverían a cometer.”

Esta utópica idea rompe a la llegada de los colonos, presentando, de esta forma, el elemento distópico. Estos humanos establecen un reparto del territorio para su explotación y emplean a los crichis como voluntarios, eufemismo de esclavitud en todos los niveles. Dentro de estos humanos sería tentador aludir a posturas maniqueas, sin embargo, salvo Davidson, claramente el que encarna unos valores misóginos, colonialista y nacionalista entre otras cosas, hay diferentes posturas y maneras de enfrentarse a las situaciones. Entre ellos destaca Raj Lyubov el antropólogo, que intenta comprender a los crichi e incluso se hace buen amigo de Selver.

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El río Jarama en su paso por el Parque Regional del Sureste (Madrid)

La llama de la revolución la aporta Selver que termina poniendo enroque a los humanos -para los crichis conocidos como yumanos. No desvelamos mucho más de esto ya que sería adelantar elementos del libro. Sin embargo, sí que podemos aproximar una de las ideas que allí se encuentran y nos parece muy interesante: nada puede volver a ser igual tras lo que ha ocurrido, solo que al final del libro nos daremos cuenta de lo dramático que es este hecho.

La autora a partir del multiperspectivismo nos adentra en los dilemas de los personajes, en las múltiples posturas que se pueden llegar a tomar. Los temas para nosotros que tocan son muchos, ya que a partir de una distopía se reflexiona en torno al ecologismo, colonialismo, explotación de diversas índoles y una visión de la mujer humana instrumentalizada, en muchas ocasiones. Quizá esta forma de presentar el colonialismo tiene una explicación ya que bebe del colonialismo histórico del siglo XVII al XIX. La época en la redacción del libro, así como parte de sus temáticas, nos hace vincularlo a ese movimiento de las teorías poscolonialistas de la década de los ochenta. Además, esta temática no es nueva en la autora, ya que en sus obras suele plantearse cuestiones de esta índole, por ejemplo las relaciones entre colonizadores, la colonización en sí y sus desastres, así como la desesperación ante la misma.

La ecología de un bosque es muy delicada. Si el bosque perece, la fauna puede extinguirse junto con él.

Pero, sin duda, uno de los grandes fuertes es el sentido ecológico del mundo Atshe y la denuncia de la sobreexplotación de recursos que la terminan por agotar los sistemas ecológicos terrestres, y que ávidos de más, los terrícolas, necesitan colonizar otros mundos, sin llegar a plantear realmente cuál es el problema. Así, se plantea la desertificación que sigue a la deforestación, y todo lo que acompaña. Pero aún más profundo, es el sentido ecológico, entendido como las redes existentes entre los nativos y la naturaleza, que forman parte, uno y otro, de un sistema delicado y frágil como un ecosistema que, ante la modificación de uno de sus elementos, el resto se ve desequilibrado y para alcanzar de nuevo el deseado equilibrio tardarán décadas en restablecerse, si fuera esto posible.

Es interesante como en la literatura se incide en la cuestión de la deforestación o la cuestión de los árboles. Así a sin pensar mucho, precisamente cuando leía este libro acaba de terminar de leer el reciente libro de Andrea Wulf sobre La invención de la naturaleza, la biografía de Humboldt y de su legado intelectual, y enseguida lo relacionaba con  la temprana visión del naturalista respecto al daño de la deforestación en la desertificación y la miseria natural y humana que viene aparejada. Por otro lado, mientras redactaba esta reseña leí El hombre que plantaba árboles de Jean Giono, que precisamente relataría el proceso inverso y con un trasfondo metafórico algo diferente pero con la cuestión del medioambiente en un primer plano. En este caso era un pastor de la provenza que sembró un brosque y creó un gran vergel, siendo una obra trascendente en todos los ámbitos.

En cuando a la relación de este libro con la sociedad actual podría interesar y su relectura podría ser relativamente fácil debido al problema medioambiental que afecta a nuestro alrededor por el crecimiento desaforado del capitalismo. Por esta razón, se convierte en una novela que no envejece, sino que, por desgracia, sigue teniendo total vigencia. Por otro lado, sobre el colonialismo sí que podríamos sentirlo más alejado a nosotros. Actualmente, y en lo que es nuestro presente, nos encontramos ante nuevos tipos de colonialismo más sibilinos, aunque no por ellos sus resultados son  más amables.

En definitiva, estamos ante un libro que condensa diferentes ideas con un trasfondo ecológico y de denuncia. Es difícil no extrapolar ciertos elementos a la actualidad, pues bebe o, mejor dicho, bebió directamente de ellos en el momento de redacción del libro. Pero ahí está lo interesante de la fantasía o en este caso de la ciencia ficción, la capacidad de la metáfora y de ver las cosas de diferente manera para provocar reflexión

. En este caso de acción, pues no es solo una reflexión meramente triste o entorno a la crueldad, sino, sobre todo de sublevación y revolución, impele a hacer algo.

Por carácter y formación tendía a no inmiscuirse en los asuntos de otros hombres. Su trabajo consistía en descubrir lo que hacían, y su inclinación era dejar que lo siguieran haciendo. Prefería aprender a enseñar, buscar verdades más que la Verdad. Pero aún un alma poco misionera, a menos que pretenda no tener sentimientos, se ve a veces obligada a elegir entre comisión y omisión. El “¿Qué están haciendo?” se convierte de pronto en un “¿Qué estamos haciendo?”, y acto seguido en un “¿Qué debo hacer?“”

Puedes dejar en los comentarios las reflexiones que te haya sugerido el libro o sus temáticas, y sí lo has leído qué te pareció.

Nos leemos.

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Robledal en las cercanías de Puebla de la Sierra (Madrid) 

  • las fotografías del Parque de Sureste y de las cercanías de Puebla están hechas y son propiedad de Practicando Cultura.
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